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Y por fin el mundo, mi mundo, comenzó a existir. La mirada esperanzadora por una relación mejor había comenzado. Nuestros determinantes posesivos (mis, tus) se habían fusionado en un nuestro (nuestro esfuerzo) para dar lugar, con mimo y cariño, a la relación con la que había soñado desde la niñez. El nuevo camino que recorría se acercaba seguro y apacible cuando tus manos se entrelazaban con las mías. Y en tu mirada, tu poderosa mirada, podía vislumbrar el amor que guardabas y callabas,  pero que como el agua, fuerza incontrolable, encontraba resquicios y me traspasaba de lleno.

Sentí tu marcha como la flecha lanzada en las manos de Paris hacia Aquiles. Tu suicidio supuso el desplome y decaimiento de un puzle personal que me había costado construir.

No entendí porqué la vida, en el mejor momento de nuestra relación, decidió que tenías que irte. Volvía a caminar en solitario, con el remordimiento y la culpa como acompañantes en sustitución a la ilusión y esperanza. Y el mundo, de repente,  se apagó…

Ver la muerte en frente de mi me ha hecho apreciar más la vida, reconocer que en los pequeños detalles se encuentran los momentos más preciados. Apreciar la llamada de un amigo, pasar tiempo con la familia, el poder leer mientras te acompaña una copa de vino, son unos pocos de los muchos placeres que tenemos tan cerca y que no les damos el valor que de verdad merecen. Porque la vida es eso que pasa mientras vamos haciendo.

Y aquí me hallo, en el camino de la resiliencia, desaprendiendo y aprendiendo a ser, a conocer(me), a ver(me) y a entender(me). Obligarme a levantar la cabeza para ver más allá del horizonte y a comprenderme cuando un día no me apetezca hacerlo. Saber que habrá muy buenos días y días no muy buenos. En definitiva, conocerme mientras conozco la vida.

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