Según la R.A.E, en su segunda acepción, podemos encontrar la definición de demagogia como la degeneración de la democracia, consistente en que los políticos, mediante concesiones y halagos a los sentimientos elementales de los ciudadanos, tratan de conseguir o mantener el poder.
Siento que esta demagogia se está acentuando durante los últimos 15 años de política en España donde la voracidad por ver quién consigue el mayor número de votos prima a expensas de su repercusión social.
Me entristece presenciar el ocaso de nuestra exfiel democracia donde políticos sabandijas se jactan a nuestras espaldas y, con descaro, en apropiarse del pastel que les ha sido dado.
Me apena que, acercándose unas elecciones, desvíen sus responsabilidades hacia países que no nos competen (porque bastante tenemos con lo nuestro), que se involucren a familiares que vayan a ser investigados e insultos por doquier, dejando así un claro vencedor, la demagogia, y un claro perdedor, el pueblo.
Sin embargo, no me canso de escuchar que tenemos la responsabilidad como ciudadanos de votar. Entonces, ¿dónde se encuentra la responsabilidad de los políticos de dejar de ser una comedia de enredo y comenzar a trabajar por las funciones que fueron encomendados?
Como ciudadano, me bato en duelo entre el deber y la moralidad ética de mis valores desde hace unos años. ¿Votar un partido con el cual no comulgo en demasía, votar en blanco para que se «note» mi malestar o votar nulo, idea que llevo sopesando durante largo tiempo?
Estoy cansado de esta crispación política donde todos somos responsables de no proveer ningún cambio, de no ofrecer una mejora para con nosotros.
Al final será verdad que tenemos políticos que nos merecemos, ya que son, en parte, una representación del pueblo. Al final será verdad que el pueblo solo ofrece aquello que posee. Al final y solo al final, está en nuestras manos el cambio.




